


Fue el sexto hijo de una humilde familia de inmigrantes italianos, nació el 2 de septiembre de 1939 en el pueblo de Campo de los Andes, en el departamento mendocino de Tunuyán. Se cuenta que a la edad de 8 años, acompañado por su madre, ingresó por primera vez al gimnasio de boxeo Julio Mocoroa, de Paco Bermúdez. Fue en ese lugar donde Nicolino tuvo su primera aproximación al “boxeo científico”, una nueva escuela dentro del deporte que -valiéndose de los principios de la ciencia médica y la biomecánica- buscaba optimizar las técnicas de combate y el rendimiento físico. O, si se quiere, “procurar la superación del ocasional adversario por medio de la habilidad y no por la mera fuerza usada instintivamente”. Todo esto puede sintetizarse y resumirse en el mayor mandamiento de dicha escuela: pegar sin dejarse tocar, y podemos decir -sin exagerar- que en esa área Locche fue un maestro.

Su primera pelea amateur fue con 16 años. Tras 122 combates debutó como profesional el 11 de diciembre de 1958, noqueando en dos rounds al sanjuanino Luis García. A partir de ahí arrancó una carrera a la cima que parecía no tener freno, luego de varia peleas en 1961 venció al cordobés Jaime Ginés y se convirtió en el campeón argentino de los livianos ante un Luna Park lleno.
Locche se distinguió del resto de sus contemporáneos no solo por su destreza en el ring con su esquive-golpe sumando ataques inesperados, sino que además era un actor nato, hacía participar a la audiencia con miradas cómplices, sonrisas y todo tipo de gestos que lograban que el público tomara activamente el show que eran sus peleas. Muchos sostienen que era más que un simple boxeador, capaz de cruzar palabras con algún reportero gráfico mientras bloqueaba golpes entre el encordado. Por eso, también lo apodaron Chaplin, por su simpatía y carisma. Podemos decir, sin exagerar, que uno de sus su mayores aportes al box fue el aspecto estético del mismo.
En los años 60 el boxeo argentino estaba en pleno esplendor, de esa constelación quedaron nombres como Horacio Acavallo, Ringo Bonavena y Carlos Monzón, pero ir a ver a Nicolino era una fiesta popular (casi como lo fue con Justo “el torito” Suárez); las transmisiones radiales de la época hacían maravillas en la imaginación del público, y a eso se le sumaba todo el glamour y bohemia de un Luna Park lleno el sábado por la noche, que cerraba la velada boxística con una pelea de Nicolino de fondo y seguro terminaba en alguna pizzería de Corrientes y Callao. O como cantó en un tango Chico Novarro; «Total esta noche, minga de yirar, si hoy pelea Locche en el Luna Park». Era tan masivo el espectáculo que daba sobre el ring, que se le adjudica el mérito de haber logrado atraer a la audiencia femenina a eventos que tradicionalmente eran “sólo para los muchachos”.
El 12 de diciembre de 1968, Nicolino Locche escribía su página más gloriosa al vencer en Japón al local Paul Fuji y consagrarse campeón del mundo de los welter junior de la AMB. Ese día hizo honor a su apodo de intocable exponiendo la cara para invitar golpes, esquivando con cintura y contragolpeando con jab. Le quitó dramatismo a la pelea. Le agregó belleza. Le impuso el ritmo perfecto de quien lleva la batuta. Esa pelea quedó en los anales de la historia del deporte.
Hizo seis defensas de su título y lo perdió el 10 de marzo de 1972, cuando en Panamá fue derrotado por puntos en 15 asaltos por el local Alfonso «Pepermint» Frazer. A partir de ahí comenzó su ocaso: peleó 12 veces más, perdió solo una. Nunca más volvió a disputar ningún título.
El tiempo pasó y el 24 de marzo de 1976 Argentina sufrió un golpe cívico-militar con el fin de poner freno al avance del ascenso obrero-estudiantil que se abrió con el Cordobazo. Las libertades más elementales fueron cercenadas y reunirse con más de dos personas en la calle era causa de detención e interrogatorio. No era el ambiente más favorable para eventos deportivos populares masivos, y más aun sumado al hecho de que los secuestros-torturas-desapariciones estaban a la orden del día.
El 7 de agosto de 1976 fue la fecha que eligió su representante para el último combate de su carrera. El lugar sería el Hotel Llao Llao de San Carlos de Bariloche. Esa mañana de invierno no fue tan fría, 5 grados decía el termómetro del aeródromo. Los titulares de los diarios comentaban centralmente los beneficios del liberalismo comercial impuestos por la junta militar, el IVA aplicaría por “única” vez un aumento que lo dejaría en 16%. Se modificaba y aplicaba el nuevo estatuto de la Unión Ferroviaria. El banquero David Graiver había muerto en México en un accidente de avión, dejando al desnudo una operación financiera de Montoneros para blanquear dinero de la organización en circuitos comerciales; poco y nada decían del evento pugilísitco. Esa misma noche Nicolino subió por última vez como profesional a un ring ante el chileno Ricardo Molina Ortiz, a quien venció por puntos.
Su récord profesional fue 117 peleas ganadas (14 por KO), 14 empatadas, 4 perdidas y 1 sin decisión. En 1980 la Fundación Konex le otorgó, en la primera edición de los Premios Konex, el Diploma al Mérito como uno de los cinco mejores boxeadores de la historia. En el año 2003 ingresó al Salón Internacional de la Fama del Boxeo junto a George Foreman y el jamaicano Mike McCallum.
Murió el miércoles 7 de septiembre de 2005 en Las Heras, Mendoza. La causa del fallecimiento fue una salud muy debilitada por el cigarrillo. Su recuerdo es una imagen de todo lo que puede hacer y dar un pugilista sobre su escenario.
Su historia escrita con un poco de magia


Por Luis Bruschtein
Se hizo boxeador porque descubrió que le divertía y que era una manera de ganarse la vida sin trabajar, como decía. Venía de un tiempo de box en los barrios como el del hangar del aeropuerto de El Plumerillo, en Mendoza, cuando tenía nueve años y pesaba 37 kilos. La única iluminación del cuadrilátero eran cuatro faroles apoyados en las esquinas del ring. A poco de empezar la pelea se dio cuenta de que le era fácil esquivar las andanadas de su rival y que, además, le divertía más que tirar trompadas. Y así, para divertirse, empezó a esquivar las piñas, una aquí, otra allá y llevó a su rival hasta un rincón del cuadrilátero. Hizo un amague y la trompada del otro se perdió en el aire y chocó contra una de las luces. Siguió la pelea hasta el otro rincón. Y otra vez, otro amague, otra trompada fallida que da contra la luz y que dejó al hangar en la penumbra. La pelea se suspendió por falta de luz.
Así era Nicolino Locche, ésa fue su primera pelea y ayer dio la última. El Chaplin del ring, con sus pies planos y su andar de pato, el Intocable fue alcanzado por la muerte, a los 66 años, sin esquive de cintura posible. Era Intocable en un deporte de contacto, el antiboxeador endiosado por los amantes del box. Y hasta las mujeres se rendían ante ese estilo de boxeador “pacifista” que ganaba por puntos, que evitaba la carnicería, de cuerpo cuadrado pero con más reflejos que un monje de kung fu. En 1961 fue campeón argentino y en 1968 fue campeón del mundo. Atrás quedaron tirando piñas al aire Ismael Laguna, Kid Pambelé, Sandro Loppópolo, el Morocho Hernández y el japonés Fuji.
Paul Takeshi Fuji era el campeón del mundo, un japonés que parecía una maquinita de tirar piñas. Incansable, paciente, demoledor, con estilo de campeón. Y ese día, el 12 de diciembre de 1968, cuando le estaban dando el masaje en el vestuario del monumental estadio Kuramae Sumo, de Tokio, el día de su gran pelea, con el gran campeón, en el gran estadio, Nicolino se quedó dormido cuando le estaban dando el masaje. El entrenador lo despertó para la pelea y Nicolino se fue tranquilo.
La pelea fue un espectáculo del Bolshoi, el Intocable bailoteando y el japonés persiguiéndolo frustrado y Nicolino dale que dale con su payaseada de cintura y después con los esquives de hombro y las trompadas del japonés que se volvían trompaditas en el aire. Y de repente se detenían, los rivales se observaban un segundo, el brazo de Fuji que salía disparado y Nicolino que se agachaba casi con pereza y el latigazo se perdía en la nada. El japonés era velocidad y Nicolino parecía quieto, una momia, pero debería ser más rápido que la vista, porque no había forma de que le pegaran. O si no, se dejaba arrinconar y se acurrucaba con la guardia alta y dejaba que el otro se cansara de pifiar. Y después, casi con desgano, como diciendo “esto lo hace cualquiera”, disparaba un piñazo, más que nada para enfurecer, para ganar puntos, y así ganaba.
Nicolino enloquecía a la popular. En medio de la pelea ponía sus manos atrás y mostraba la cara para que le pegaran. El otro tiraba trompadas y Nicolino, sin manos, esquivaba los golpes en medio del delirio de las multitudes. O de repente se metía en el rincón y armaba la guardia como un fortín infranqueable. El otro tiraba piñas hasta cansarse mientras Nicolino, con la cara de costado, le hablaba a uno de los locutores que relataba la pelea en un lateral del ring. Maestro, hacía delirar a la gente y enloquecía a sus rivales.
Y así Nicolino, el Intocable, hizo un montón de plata. Y como la hizo, la perdió en negocios imposibles, jugueterías, estaciones de servicio y campos. Perdió todo, hasta los pulmones, por el cigarrillo, y a su esposa, cuando se fue de farra con un amigo y regresó un mes después. Nicolino se atajaba la vida como podía, pero no tenía la misma suerte que en el box. Ni tanto, porque resultó que el cinturón de campeón que había ganado en 1968 era una imitación. Y recién hace quince días le habían dado el cinturón original. Una afección cardíaca y respiratoria fue la piña que lovolteó ayer cuando apenas había cumplido 66 años, el viernes pasado, y cuando ninguna otra piña había podido alcanzarlo hasta antes de ayer.

