Hellen Keller y Anne Sullivan, dos mujeres extraordinarias y la importancia de un buen maestro





En el marco del Día Internacional de las Personas Sordociegas, que se conmemora desde 1989 con el objetivo de promover los derechos y el bienestar de las personas con esas discapacidades en todos los ámbitos de la sociedad, así como concientizar sobre su situación en todos los aspectos de la vida política, social, económica y cultural, queremos rendir homenaje a una persona extraordinaria, una mujer ciega y sorda, catalogada como “El cerebro más inteligente de América”.
Se trata de Hellen Keller, pero también a su gran maestra, Anne Sullivan, sin la cual no podría haber alcanzado el nivel de vida que tuvo y el ejemplo a seguir que fue y sigue siendo para muchos.
Anne Sullivan es conocida como una de las mejores maestras del mundo tras trabajar con Hellen Keller, una niña muda, sorda y ciega, a la que consiguió enseñar a leer, escribir y hablar. Helen era una niña incapaz de comunicarse y nadie esperaba que fuera a tener ningún futuro. Con la ayuda de Anne Sullivan aprendió a escribir, leer y hablar, fue a la universidad y se convirtió en escritora y conferenciante.
La increíble historia de Hellen Keller:
Anne Sullivan nació en 1866 en una familia muy pobre. Se quedó ciega a los 5 años de edad, pero tras un par de operaciones recuperó la visión.
Perdió a los miembros de su familia paulatinamente y decidió dedicarse a ayudar a otros niños ciegos, graduándose con honores y aprendiendo el alfabeto manual.
Fue entonces cuando conoció a Hellen Keller, con la que trabajó intensamente para lograr que pudiera llegar a entender el entorno del que vivía totalmente aislada. Helen Keller se había quedado sorda y ciega de por vida tras sufrir una enfermedad a la edad de 19 meses. La niña era muy agresiva ya que no conocía otro modo de comunicación y Anne Sullivan tuvo que lidiar con este primer problema a través de la paciencia y la insistencia.
Después trató de enseñarle el lenguaje manual. El procedimiento era siempre el mismo: le ponía en contacto con un objeto y, seguidamente, deletreaba la palabra en su mano. Poco a poco Helen Keller empezó a entender este lenguaje y a sentirse motivada para aprender nuevas palabras. Su agresividad disminuyó y aprendió modales.
Una vez conseguido este progreso, Anne Sullivan le enseñó a leer en Braille y también a leer los labios de las personas tocándoles con los dedos, lo que sirvió después para que aprendiera a hablar. La niña tuvo que prestar mucha atención a las vibraciones que se producían en la garganta de su maestra cada vez que pronunciaba una palabra, para luego poder imitarlas y aprender a hablar.
Esta historia demuestra que, sin la ayuda de esta increíble maestra, Hellen Keller jamás podría haber aprendido a leer, escribir o hablar y habría pasado toda su vida siendo una persona sin capacidad para comunicarse.
Hellen no sólo consiguió desarrollar sus actitudes comunicativas, sino que llegó a estudiar, ir a la universidad y graduarse con honores, gracias a la ayuda de Anne, que interpretaba en sus manos lo que los profesores decían en clase. La alumna escribió un libro sobre su vida y, muchos años después se hizo una película sobre su historia, llamada ‘El milagro de Ana Sullivan’, que ganó un Óscar y en la que se puede ver cómo fue este aprendizaje y qué técnicas empleó la maestra.
Hellen Keller llegó a montar a caballo, nadar, jugar al ajedrez. Daba conferencias. Vivía de esas conferencias, decorosamente. También realizaba giras que abarcaban gran parte del territorio de los EE.UU. Escribió tres libros: “El Mundo en que Vivo”, fue el primero, luego “La Clave de la Vida”, “En Plena Corriente”, “Historia de mi Vida”. Llegó a filmar, también, una película; “Liberación”, en la que fue protagonista.
Le alcanzó su tiempo y su altruismo para ayudar espiritual y económicamente a los no videntes y sordos de su país, (desde la Fundación Americana para Ciegos). Y le llegó un golpe desgarrador. Murió su maestra, amiga y compañera de medio siglo: Anne Sullivan.
Y un día 2 de junio de 1967, a los 87 años, moría Helen Keller, la mujer que supo de la grandeza de los placeres pequeños. Que en muchos momentos se habrá sentido como la única habitante de la tierra. Que sufrió como pocos para poder avanzar, pero que tuvo clara conciencia de que más sufriría no avanzando. Y que terminó dando al mundo una lección invalorable de tesón y de fé.


