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Él y yo… una nueva noche de verano y estrellas

Su mirada hizo darme cuenta de que la conexión que teníamos era increíble.  Ese día estaba particularmente distinguido, se destacaba sobre el resto, con un look total black, que acentuaba sus sexys atributos: espalda, pecho, brazos, piernas y más… Las luces del lugar apuntaban hacia él y no podía dejar de mirarlo…

El intercambio de miradas fue lo que precedió a un encuentro de almas, que fue concretado por el contacto de los labios. Al sentir sus labios, me fue imposible despegarme de él, mi cuerpo comenzó a tener una sensación de que ese momento debía, e iba a continuar.

Fue un beso de aquellos en los que a pesar de que sólo participan la boca, labios y nuestras lenguas, se sentía en todo el cuerpo, con leves caricias en los rostros, toques de una pierna con otra y en la que cada músculo del cuerpo respiraba ése beso.

En un viaje de Cabify, de algunos minutos, que parecieron eternidad, fue cuando los dos cuerpos comenzaron a conocerse mejor. Una leve caricia de él por mi entrepierna, mezclada entre el abrazo y los besos, con la simpática complicidad del chofer que ignoraba nuestro momento, o al menos eso creíamos. Lancé mi primer suspiro, junto con un beso que lo dejó paralizado y excitado, que levemente supo sentir, congeniando conmigo en una sonrisa pícara y atrevida, de que a los dos se nos avecinaba una noche de placer.

Llegado un momento, entre las caricias y los besos, nuestros cuerpos estaban con un escalofrío tan fuerte, que llegué a sentir que nos pasábamos el calor entre beso y beso. Cuando parecía que el encuentro estaba en su punto culmine, llegó el momento de bajar del auto e ir hasta mi departamento, donde tal cual película de Hollywood, nos besamos en la puerta, continuamos en el ascensor, hasta finalmente llegar al momento de encontrarnos en mi cuarto, con la cama esperando para ser protagonista.

Sutileza, esa es la palabra con la cual se puede describir al momento que siguió, mientras servía una copa de vino, con un lento de fondo, nos desvestíamos lentamente y percibía cómo mi sostén concentraba toda su atención. Consciente de eso hice que se  sentara en una silla mientras me movía lentamente, tomaba de mi copa de vino y le daba besos por el cuello, sin dejar que me tocara, esperando que fuera el momento oporturno.

Brindamos. Brindamos por lo que nos esperaba, por el sexo y el placer que nos estábamos dando y queríamos continuar dando y recibiendo. Llegamos a sentir, sin un mínimo de contacto sexual todavía, sensaciones orgásmicas como nunca me había pasado antes.

Llegó “él momento”, luego de un intenso beso, de aquellos donde llegamos a pensar que estamos sordos, porque los únicos sentidos que nos funcionan son el sensorial y el gustativo, en que comenzó a besarme el cuerpo. Sentí que recuperé la audición por los leves gemidos de placer que hacíamos, desde que empezó a besarme los pies, luego cada una de las piernas, mientras levemente tocaba cada uno de mis pechos, de a uno por vez.

Subió y me besó, y pude sentir su  aroma, con su perfume francés, de aquellos que se pueden sentir a metros y nos hacen recordar a momento inolvidables. Desde ese momento ese perfume me recuerda a él y a esa noche.

Su cuello era su debilidad y ya mientras intercambiaba un lado y otro del cuello, nos terminamos de desvestir, hasta quedarnos completamente desnudos, sin sentir calor ni frio, la noche de verano era perfecta para los dos en ese momento. Pude sentir el calor de sus sus labios en mis pechos, era de lo más lindo que una mujer puede sentir, la masculindad en su máxima expresión y en mi cama.

Continuó, pues aún quedaban muchos centímetros de piel para ser besados y quería que los contemplara y admirara  todos. Lentamente pasó por mi panza y mi ombligo, llegando hasta mi parte más íntima, los labios que ya desplegaban un poco de líquido de placer por todo el momento previo que teníamos. Me miró, luego me contempló desde abajo, yo lo miraba y estaba ansiosa, expectante y mordía mis labios esperando lo que venía.

Comenzó con leves caricias con los dedos, intercalando con suaves toques de lengua y besó mi clítoris, junto con sus dedos levemente conociendo mi piel interna. Fueron algunos minutos, unos 10, o tal vez 50, no consigo saberlo ahora, pero sé que su lengua me hizo sentir más allá del entendimiento.

A pesar de lo mágico del momento, quise parar, ir por más… subió arriba mío, me abrazó por la cabeza… casi sin darnos cuenta estábamos en la mejor posición para sentir su penetración… Entre leves movimientos, gemidos y jadeos estuvimos muy compenetrados.

Subí encima de él, intercalamos besos con contemplaciones, sin en ningún momento parar de sentirnos uno adentro del otro. Comenzamos por la cama, pero nuestras ganas eran de conocer todo el departamento, en una especie de tour orgásmico, en el cual estuvimos en el sillón del living, en la cocina, en el baño y hasta nos animamos a besarnos en el balcón, sin tener miedo de las miradas de las estrellas sobre nosotros.

Fue en el sillón nuevamente, donde nos encontramos en esa mezcla de cansancio, con ganas de dejar una parte nuestra en el otro, tomamos la precaución y nos miramos, ya dispuestos a sentir un orgasmo, simultáneo. Yo comencé, el me seguió  y fue como si toda la vida se hubiera terminado en ese mismo momento, sin ningún misterio, simplemente con la sensación de haber encontrado la respuesta a la palabra pasión.

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