
Amelia Albina Molina aceptó un acuerdo de juicio abreviado y por eso recibió una pena de cuatro años y seis meses. Es por atropellar a dos adolescentes de 13 años y matar a Fausto Morcos, uno de ellos. La mujer asumió la responsabilidad y por eso evitó que se desarrolle el juicio oral.
La condena que recibió es de cumplimiento efectivo, pero en la movilidad domiciliaria, ya que tiene 82 años. Otro de los detalles que se acordaron junto a la defensa de Fausto Morcos fue que deberá estar controlada bajo con una pulsera o tobillera electrónica y tendrá restricciones de visitas. Solo podrá ser visitada por familiares directos.
Cómo fue el accidente
El siniestro ocurrió al mediodía del sábado 1 de noviembre en la intersección de la avenida Boulogne Sur Mer y Clark, frente al ingreso del Mendoza Tenis Club. Allí, los dos menores de edad fueron embestidos por un vehículo Volkswagen Up, conducido por la mujer imputada.
Como resultado, Morcos García, estudiante del CUC y jugador de futsal, falleció en el lugar del hecho. Su compañero sufrió heridas graves, por lo que fue trasladado de emergencia al Hospital Notti, donde permanece bajo estricta observación médica.
Las emotivas palabras de la familia de Fausto Morcos durante el juicio
Si bien se preveía que la audiencia de esta mañana fuese para determinar si Molina esperaba el juicio en prisión o no, frente a la jueza las partes ofrecieron el acuerdo de juicio abreviado y la magistrada lo confirmó. Antes de que se cerrara la audiencia, dos de las tías de Fausto (Marta García, hermana de la mamá del chico y Julia Morcos, hermana del papá de Fausto) leyeron unas emotivas palabras que habían preparado para la ocasión.
Hoy estamos aquí Marta García y Julia Morcos, tías de Fausto, en representación de nuestros hermanos Cecilia García y José Morcos, mamá y papá de Fausto y de nuestras familias: tías, tíos, primos, y de sus abuelos, la abuela Pipa y ‘abuelito Raúl sin bigotes’, y abuela Marian y ‘abuelito Raúl con bigotes’, como él les nombraba con ternura y su perro hermoso el Riú.
También estamos aquí por sus amigos/as, por la enorme red de amigos/as de nuestras familias, y de las instituciones educativas y deportivas que formaron parte de su vida, el Colegio Universitario Central donde estaba cursando su primer año de secundaria y el Club Pacífico donde jugaba al futsal desde hacía varios años.
Hoy sus padres no están presentes. El dolor les resulta insoportable, les ha quebrado la voz y la presencia. Cecilia, su mamá, sólo dice cosas hermosas de él. Ella lo recuerda como un niño respetuoso, un ser lleno de amor, amiguero, un aventurero que nos regalaba risas y momentos de felicidad. Fausto era pura alegría, la luz de nuestras vidas. Siempre estaba dispuesto a entregar su tiempo, a compartirlo, a construir vínculos, a crear recuerdos. Cada uno de nosotros tenía un lazo especial con él: un ritual, un plan, una palabra de cariño. Sólo para mencionar algunos: los miércoles de partidos y truco; las salidas a tomar helados; las “meriendolas” de auto y tantas otras cosas hermosas y divertidas que hacíamos con él.
El «accidente», como lo llamamos al principio, nos sacudió con tal intensidad que nos resultaba incomprensible. La magnitud del dolor nos dejó en shock, nos costó encontrar palabras para entender lo que sucedía. Fue José quien nos permitió ver la tragedia con claridad. Nos dijo que quien no cumple las leyes de tránsito convierte un auto en un arma, y en ese instante, el dolor se intensificó porque comprendimos que Fausto no murió a Fausto lo mataron.

Amelia Molina de Sayavedra, una persona adulta, con la indiferencia y la deshumanización de quien no respeta las normas que nos permiten convivir, decidió pasar el semáforo en rojo. No pensó ni por un instante en el valor de la vida ajena, no dudó en ganar 40 segundos a costa de arrebatarle la oportunidad de vivir a Fausto. Ella decidió pasar sin importarle las consecuencias. Y esos 40 segundos de su vida, a los que renunció, le arrebataron a Fausto toda su existencia.
Con su acción, arrasó con los sueños de Cecilia y José, con su proyecto de vida, con la esperanza de un futuro lleno de posibilidades. Con su decisión, les rompió el corazón, les destrozó el alma. Destruyó las vidas de dos familias, las nuestras, las que compartíamos a Fausto. “A usted no le importaron las consecuencias. A usted no le importó la vida”.
Fausto, en cambio, fue un niño que sí respetaba la vida, tanto la suya como la de los demás. A sus 13 años, con la inocencia y la responsabilidad de quien sabe que el respeto por las normas es lo que nos hace humanos, intentó cruzar por la senda peatonal, con el semáforo verde a su favor, caminando tranquilo, alegre, como cualquier niño que sólo deseaba disfrutar de su tiempo con sus amigos en el parque. Él no sabía que, en ese instante, su vida iba a ser arrebatada. Todo esto es tan absurdo, tan devastador, que nos parece una pesadilla de la que no podemos despertar.
En este doloroso proceso, jamás imaginamos que un niño como Fausto, quien creció rodeado de una red de amor y de cuidados que lo protegían y lo acompañaban, pudiera ser arrebatado de esta manera. Pero aquí estamos, exigiendo justicia por Fausto, buscando algo de paz para nuestras vidas, buscando que el duelo nos permita encontrar un camino, aunque sea pequeño, hacia la reparación de este horror.
Desde el trágico momento del atropello, no hemos recibido ni un solo gesto de humanidad, de empatía o de arrepentimiento, ni de la señora Molina ni de sus familiares. No hay palabras de consuelo, ni de reconocimiento por el daño causado. Para nosotros, hay algo que no puede morir, y es nuestra gratitud por haber sido la familia de Fausto. Porque su vida estuvo marcada por un amor tan profundo, tan puro, que jamás dudamos que la señora Molina conozca algo semejante.
Hoy, con profundo dolor en el corazón, honramos la vida de Fausto y exigimos justicia, por él y por nuestras familias, por todos aquellos que lo amaron, que lo respetaron, que compartieron su existencia.




