
Mendoza es tierra de letras, de escritores, de poetas. Es por eso que, en conmemoración del natalicio del gran autor mendocino, Armando Tejada Gómez, se evoca esta fecha como el Día del Poeta Mendocino.
Tejada Gómez nació el 21 de abril de 1929 en nuestra provincia. Es el penúltimo hijo de 24 hermanos que tuvieron Lucas Tejada y Florencia Gómez. Su origen humilde no le permitió asistir a la escuela básica, sin embargo, su esfuerzo y curiosidad lo llevaron a ser un eminente lector.
Aprendió de manera autodidacta a leer a los 12 años y, como no podía ser de otra manera, su primer libro fue el Martín Fierro. Canillita, lustrador de zapatos, obrero y también un prestigioso poeta, locutor y escritor mendocino, estrechamente relacionado con la música folclórica de la provincia y el país.
En 1950, ingresó a la radiotelefonía en LV10 Radio de Cuyo. Fundó el movimiento Nuevo Cancionero en los años sesenta, junto a Manuel Oscar Matus, Mercedes Sosa y Eduardo Aragón, que significó un cambio radical en la canción latinoamericana.

Su obra literaria, en la que se encuentran destacadas obras, se ha traducido a más de 20 idiomas. Como letrista, escribió canciones que entonaron artistas como Mercedes Sosa, Lito Vitale y Chabuca Granda, entre otros. Temas como Canción con todos o Canción para un niño recibieron numerosos premios, siendo considerada Canción con todos como un himno para América Latina.
Falleció el 3 de noviembre de 1992 en Buenos Aires y, en 1994, se editó su poemario póstumo, Telares del Sol.
Día del poeta mendocino
En 2018, la Legislatura convirtió en ley un proyecto que instituye el 21 de abril como el Día del Poeta Mendocino, en conmemoración al natalicio del poeta mendocino Armando Tejada Gómez.
Al respecto, la ministra de Cultura y Turismo, Nora Vicario, comentó: “Quiero aprovechar esta fecha tan especial para saludar a los hombres y mujeres que construyen nuestra cultura a través de la poesía. Su aporte es fundamental, porque, a través de sus obras, expresan nuestro sentir y permiten identificarnos”.
Un poco de su obra
«Hay un niño en la calle»
A esta hora, exactamente,
hay un niño en la calle.
Le digo amor, me digo, recuerdo que yo andaba
con las primeras luces de mi sangre, vendiendo
un oscura vergüenza, la historia, el tiempo,
diarios, porque es cuando recuerdo también las presidencias,
urgentes abogados, conservadores, asco,
cuando subo a la vida juntando la inocencia,
mi niñez triturada por escasos centavos,
por la cantidad mínima de pagar la estadía
como un vagón de carga
y saber que a esta hora mi madre está esperando,
quiero decir, la madre del niño innumerable
que sale y nos pregunta con su rostro de madre:
qué han hecho de la vida,
dónde pondré la sangre,
qué haré con mi semilla si hay un niño en la calle.
Es honra de los hombres proteger lo que crece,
cuidar que no haya infancia dispersa por las calles,
evitar que naufrague su corazón de barco,
su increíble aventura de pan y chocolate,
transitar sus países de bandidos y tesoros
poniéndole una estrella en el sitio del hambre,
de otro modo es inútil ensayar en la tierra
la alegría y el canto, de otro modo es absurdo
porque de nada vale si hay un niño en la calle.
Dónde andarán los niños que venían conmigo
ganándose la vida por los cuatro costados,
porque en este camino de lo hostil ferozmente
cayó el Toto de frente con su poquita sangre,
con sus ropas de fe, su dolor a pedazos
y ahora necesito saber cuáles sonríen
mi canción necesita saber si se han salvado,
porque sino es inútil mi juventud de música
y ha de dolerme mucho la primavera este año.
Importan dos maneras de concebir el mundo,
Una, salvarse solo, arrojar ciegamente los demás de la balsa
y la otra, un destino de salvarse con todos,
comprometer la vida hasta el último náufrago,
no dormir esta noche si hay un niño en la calle.
Exactamente ahora, si llueve en las ciudades,
si desciende la niebla como un sapo del aire
y el viento no es ninguna canción en las ventanas,
no debe andar el mundo con el amor descalzo
enarbolando un diario como un ala en la mano,
trepándose a los trenes, canjeándonos la risa,
golpeándonos el pecho con un ala cansada,
no debe andar la vida, recién nacida, a precio,
la niñez, arriesgada a una estrecha ganancia,
porque entonces las manos son dos fardos inútiles
y el corazón, apenas una mala palabra.
Cuando uno anda en los pueblos del país
o va en trenes por su geografía de silencio,
la patria sale a mirar al hombre con los niños desnudos
y a preguntar qué fecha corresponde a su hambre
que historia les concierne, qué lugar en el mapa,
porque uno Norte adentro y Sur adentro encuentra
la espalda escandalosa de las grandes ciudades
nutriéndose de trigo, vides, cañaverales
donde el azúcar sube como un junco en el aire,
uno encuentra la gente, los jornales escasos,
una sorda tarea de madres con horarios
y padres silenciosos molidos en la fábricas,
hay días que uno andando de madrugada encuentra
la intemperie dormida con un niño en los brazos.
Y uno recuerda nombres, anécdotas, señores
que en París han bebido
por la antigua belleza de Dios, sobre la balsa
en donde han sorprendido la soledad de frente
y la índole triste del hombre solitario,
en tanto, sus señoras, tienen angustia y cambian
de amantes esta noche, de médico esta tarde,
porque el tedio que llevan ya no cabe en el mundo
y ellos son los accionistas de los niños descalzos.
Ellos han olvidado
que hay un niño en la calle,
que hay millones de niños
que viven en la calle
y multitud de niños
que crecen en la calle.
A esta hora, exactamente,
hay un niño creciendo.
Yo lo veo apretando su corazón pequeño,
mirándonos a todos con sus ojos de fábula,
viene, sube hacia el hombre acumulando cosas,
un relámpago trunco le cruza la mirada,
porque nadie protege esa vida que crece
y el amor se ha perdido
como un niño en la calle.
«El barco»
Hace siglos, lunas, soles
que el país va navegando.
Látigos de dura historia,
montonera de hambre y años;
hace mucho –el tiempo es hombre-
que la Patria va en un barco
hacia su puerto de paz, navegando.
Tanto andar por estas aguas,
tantas veces el naufragio,
tan castigada la brújula,
tanto Patria –¡hermano tanto!-
que de surcar intemperies,
siglos, soles, lunas, años,
el país que nos contiene
-digamos- ¡se ha vuelto barco!.
Gaviota de los trigales
se ha vuelto barco.
Suburbio donde esperamos,
se ha vuelto barco.
Tierra ajena y sudor nuestros,
navegando.
Ahora mejor juntemos
amor, mientras comenzamos
a decirnos tiernamente
que vamos,
que todos vamos
navegando el mismo barco,
sin islas, sin otro puerto,
sin más capitán que el canto:
vamos navegando todos
el mismo barco.
Hay que admitirlo.
Es un hecho
largamente elaborado,
un modo de muchos sueños
y una esperanza almirante.
¿No es hermoso que pensemos
a la Patria navegando?
¿No es bello saber que todos
vamos navegando el mismo barco?
Políticos, presidentes,
honorables ciudadanos:
ahí va esta flor del oficio
tonadero de mi canto:
sobre la rosa del viento
la Patria es un dulce aroma,
navegando.
Ahora más bien pensemos,
quedémonos meditando.
Habitemos este verso
ya sin posibles naufragios:
-generales, abogados,
sacerdotes, diputados,
señoras, hombres de empresa,
comerciantes, funcionarios-
sobre la flor de los vientos
la Patria se ha vuelto barco.
Yo me conozco el oficio
y la guitarra es un mago.
-Quién haya perdido el rumbo
saldrá con ella a buscarlo-
Y esta guitarra que suena,
pajarera del paisaje,
cuando dice lo que dice
no hay que andar adivinando….
Guitarra ¿cómo es la Patria
navegante que cantamos?
¿Sobre la flor de los vientos
un aroma vuelto barco?
Y no te duele, guitarra,
la madera en la garganta
como a mí me está doliendo
la campana de mi sangre?.
¡Ya no me digas, guitarra,
cómo es mi patria!
Lunas, siglos, días ciegos,
navegando.
Y mientras ellos te beben,
abajo vamos remando,
remando,
vamos remando,
abajo vamos remando!
Guitarra, Patria, Bandera,
luna, río, sueño y cielo,
navío del alto viento,
dulce rosa navegando,
hay dos modos de saberte
mientras tanto:
arriba como un olvido,
como una memoria, abajo.
Porque arriba te trafican
y abajo vamos remando,
remando,
vamos remando,
nosotros vamos remando,
mientras tanto.
¡Y sin embargo es tan simple!
¡Es tan claro sin embargo!
Hay que hacerse del timón.
Cambiar el rumbo de manos.
Subir de pronto a cubierta
-y con este mismo oficio
unitario que remamos-
poner las cosas en orden,
limpiar el viento,
limpiarnos
de los que vienen de arriba
traficando y vomitando.
Y entonces,
¡proa a los sueños!
¡América está esperando!

