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Entre Buenos Aires y Mendoza… siempre Mendoza para gozar

Hacía un tiempo que vivía en Buenos Aires y justamente nos conocimos allí, aunque él es de mi Mendoza natal y desde que nos vimos por primera vez la atracción y el enamoramiento fue total… aunque nuestra relación no dio para mucho más.

Un tiempo después supe que el estaba de nuevo en la ciudad de la furia, pero por pocos días y no podríamos vernos. Para mí sorpresa una noche me escribió para contarme que su estadía se prolongaría un poco más, el tiempo justo para vernos.

Había traído con él un regalo y no quería llevárselo nuevamente a Mendoza. Pusimos hora y lugar. Moría de nervios, yo no me parecía ni un poco a la mujer que vio por última vez en este cuerpo y éste también había cambiado su apariencia. Un año había sido suficiente para poner nuestras vidas en planos totalmente diferentes, seguros, decididos y encaminados. ¿Nos volveríamos a gustar? ¿No hubiera sido mejor seguir enamorados del recuerdo, en lugar de tentar a la desilusión con la realidad?

Cuando lo vi, estaba igual de hermoso que siempre, con ese color de “dame cinco minutos más” al sol. Él hablaba de cosas que, de momentos escuchaba y de momentos me perdía, tanto en el sabor de su voz como en el sonido de su mirada. Me arrepiento de no besarle todas esas cartas que traía para jugar.

Sacó de su bolso el regalo. Había traído para mí, embotellada la tinta del corazón de las vides, de dos enamorados. Un vino especial, con historia y dedicación. Quise acercarme, tomar su cara entre mis manos y descansar en sus labios… pero no me animé… no me dio y nos despedimos allí… sin más…

Pasaban los días y más arrepentía… no podía creer no haberlo besado, no haberle pedido que se quedara conmigo… cada noche soñaba con él y con todo lo que habría pasado si me hubiese animado a más… y no me resistí más… saqué un pasaje en avión con destino a Mendoza

Cuando llegué, me alojé en un hotel. Sólo él sabía que viajaba y le envié un mensaje para pedirle que no se demorara.

En menos de una hora lo tenía en el hotel. A penas abrí la puerta me atropelló con un beso que dejó en evidencia las ganas de vernos que ambos teníamos. Nos volvíamos torpes en el afán de descubrir nuestros cuerpos como tantas otras veces lo habíamos imaginado. Podíamos cerrar los ojos y sentirnos, sin tener que dibujar en la mente las siluetas. Cercando con los dedos los límites que en minutos más dejarían de existir, desnudos, tendidos en la cama. Por momentos nos alejábamos un poco para mirarnos perdidos.

Como pude me escapé de sus manos, corriendo desnuda en la habitación con el celular en la mano. En el aeropuerto, tuve tiempo de pensar qué música marcaría ese momento. Me mordí los labios, sonreí. Él también lo hacía, conocía la canción.

Empezamos otra vez. Acostada en la cama entre sus brazos, sentía tibio su cuerpo sobre el mío. Su pierna izquierda se perdía en la unión de las mías dejándose mojar por el caudal que denunciaba una larga espera. Con sus manos recorrió cada una de mis columnas y con sus dedos abrió las puertas de mi templo. Con mis manos extraviadas en su pelo, se abrió camino en los pliegues de mi femenino estupor. Afinando la punta de su lengua sin juicio, diseñó para mí un recorrido húmedo de placeres aún no escritos y sucumbió con ella hasta mi centro profundo.

Vino a mi boca la suya y con ella mi sabor. Reconocerme en su beso, verme en sus ojos y encorvarme hacia adelante con un jadeo, un quejido y su vicio engrosado y duro llenándome hasta los bordes; no dejó lugar a pensamiento alguno.

Al ritmo de la música, mi punto débil se mecía sobre su piel rasposa de reciente prolijidad. Mi cuerpo estaba hinchado por el éxtasis. Mis pezones, delirantes, buscaban pelear con sus manos, incitaban a su boca y desafiaban a sus dientes de morderlos, así fuera un poco. Lo separé de mí, empujándolo hacia la cama y me senté sobre él, de espaldas. Quería dejarle postales de mi viaje relámpago. Unas con las que recordara ese paisaje redondo y suave, enmarcado con sus manos morochas haciendo presión y moviéndolo a su gusto y ritmo.

En mi espalda, se formaba un surco que señalaba el final; el mismo de donde él me sostenía con un pulgar decidido y curioso. Este detalle detonó instintos primitivos y nos olvidamos de las cortesías que teníamos hasta el momento, de las citas bibliográficas y los perfumes.

Se sentó en la cama, con su torso apoyado en mi espalda, mordiendo mis hombros y apretándome los pechos con las dos manos. Movimientos de infernal desenfreno con impulsos cada vez más intensos, más profundos con saturnal lujuria y empoderado placer, sudando el cuerpo ajeno y confundiendo fluidos.

Se dejó morir sin retirarse.

Me dejó caer hacia adelante, rendida en sus piernas y un fresco ante sus ojos, perversos descansados, de orgasmos mutilados a la luz de un hotel.

La luna salía sobre nuestras obligaciones y nos sobraban los motivos para vernos otra vez…

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