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La historia completa, y poco conocida, de nuestro Himno, la canción patriótica más linda…

“La América toda se conmueve al fin, y a sus caros hijos convoca a la lid; a la lid tremenda que va a destruir a cuantos tiranos la osen oprimir”, escribió Esteban de Luca en noviembre de 1810. Dos años después, tres niños recitaron en el Cabildo un poema de Saturnino Rosa. Ninguno de los dos esfuerzos prosperó, pero evidenciaba un anhelo: la composición de una canción patriótica desde los aires de independencia que había entregado la Revolución de Mayo.

La historia sitúa a Vicente López y Planes en el Coliseo Provisional de Buenos Aires la noche del sábado 8 de mayo de 1813. Tenía 29 años recién cumplidos -nacido el 3 de mayo de 1785-, era doctor en Derecho y se había ganado las jinetas de capitán de Patricios luchando contra los británicos. Había integrado la expedición al norte y posteriormente lo habían nombrado secretario de Hacienda del Primer Triunvirato. Había sido presidente interino en 1827 cuando cayó Bernardino Rivadavia. Era un aficionado a la astronomía; hablaba inglés, francés, italiano y alemán y colaboraba en diversas publicaciones culturales de la época. Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas estuvo en el Tribunal Superior de Justicia y cuando éste fue derrocado, López y Planes, por unos meses, fue gobernador interino de la provincia de Buenos Aires.

Moriría el 10 de octubre de 1856 en la misma casa en la que había nacido, pero por entonces, en 1813 y mientras se desempeñaba como diputado ante la Asamblea General Constituyente, trabajaba en un encargo peculiar: escribir una canción patriótica. Se lo habían pedido a él por sus antecedentes: cuando se expulsó a los ingleses en 1807 había escrito Triunfo argentino y luego, en 1810, Victoria en Suipacha.

No se sabe si la fuente de inspiración de López y Planes esa noche en el teatro fue el argumento de la obra o la interpretación de la pequeña orquesta que estuvo al comienzo, dirigida por un músico catalán llamado Blas Parera. Lo cierto es que cuando la función terminó, fue directo a su casa, en la calle Perú entre Venezuela y México, y estuvo toda la noche escribiendo.

A la mañana siguiente, obtuvo la inmediata aprobación de los amigos a los que se la leía. En la sesión del 11 de mayo, los diputados debían cotejar entre la obra escrita por López y Planes y la que debía llevar Fray Cayetano Rodríguez. Sin embargo, los aplausos y las aclamaciones de los presentes al escuchar la letra del primero, hicieron que el cura retirara su trabajo. Restaba ponerle música.

Blas Parera, o Blai Parera i Mont, había nacido en Murcia entre 1773 y 1776 y su vida fue un poco más bohemia. Hijo de catalanes, desde chico cantaba en el coro escolar y tocaba el armonio en el convento de las carmelitas de la ciudad de Mataró, donde vivía. En 1797 llegó a Buenos Aires, donde sobrevivió dando clases de violín, piano y laúd y ejecutando el órgano en distintas iglesias de la ciudad. Como Vicente López, peleó como voluntario en las invasiones inglesas .El 14 de octubre de 1809 se casó en la iglesia de San Nicolás de Bari (donde actualmente está el Obelisco) con una de sus alumnas, Facunda del Rey, con quien tendría tres hijos: Juan Manuel, Dolores y Juana. La persecución a los ciudadanos españoles en estas tierras lo llenó de temor y en 1818 emprendió el regreso a España.

Moriría en la pobreza el 7 de enero de 1840 pero por entonces, en 1823 y en la casa de Mariquita Sánchez de Thompson, a quien solía darle clases de piano, le propusieron ponerle música a la letra escrita por López y Planes que estaba recitando el poeta Esteban de Luca. Parera hizo el trabajo con el piano de los Thompson y los últimos arreglos los finalizó con el piano de la familia De Luca. Años más tarde, el hijo de Parera contaría que su padre se había inspirado en el Himno de David, una pieza que la había aprendido de chico.

¿Cuándo se ejecutó por primera vez? Vicente Fidel López, nieto del autor de la letra, contó que fue en el salón del Consulado, donde concurrió lo más selecto de la sociedad porteña. El 25 de mayo de ese año se cantaría por primera vez en la Plaza de la Victoria. Lo haría un grupo de alumnos, disfrazados de indianos, que pertenecían a la escuela de Rufino Sánchez. El gobierno le pagó a Parera 200 pesos por sus servicios; Vicente López y Planes no quiso cobrar nada.

El autor no estuvo del todo conforme con el resultado final. En carta a su hijo, le decía: “Hay otra estrofa que me disgusta sobremanera, y es la de ‘en los fieros tiranos la envidia, escupió su pestífera hiel’, y lo peor es que en ésta no fui original, sino que traté de salir del paso adoptando de las composiciones del mismo género que había leído, unas frases que me daban el concepto que yo trataba de expresar, pero sin la detención reflexiva que después he tenido, para ver que ellas no me daban una pintura seria y noble y coordinada de la altura que había tomado desde el principio, y con que iba a acabar la obra, sino una que sacrificaba la pasión de la época.

La versión original dura 20 minutos. Por entonces, se la conocía como Marcha Patriótica o Canción Patriótica Nacional. En la década de 1840 comenzó a denominarla Himno Nacional Argentino. Los arreglos fueron realizados en 1860 por Juan Pedro Esnaola, que al momento del estreno del himno tenía 5 años. Este era un músico porteño pero que -curiosidades de la historia- por las ideas monárquicas de su tío español debió dejar el país en 1818, como ocurrió con Blas Parera. En Europa, por su talento musical, llegó a ser considerado un “niño prodigio”. Esnaola regresó al país en 1822, gracias a la amnistía decretada por Martín Rodríguez, y se ganó la vida como profesor de música. Entre sus alumnas se contaba a Manuelita Rosas y él mismo fue amigo personal del padre. Hizo dos arreglos musicales de la canción patria: uno en 1847 y el otro en 1860.

A partir de las buenas relaciones que nuestro país comenzó a tener con España, el Himno sufrió las consecuencias y sugirieron eliminar aquellas estrofas insultantes para con ese país como, por ejemplo “a esos tigres sedientos de sangre fuertes pechos sabrán oponer”, “al ibérico altivo león” o “son letreros eternos que dicen: aquí el brazo argentino triunfó; aquí el fiero opresor de la Patria su cerviz orgullosa dobló”.

En 1893 Lucio V. López, nieto del autor y ministro del Interior, resolvió que sólo se cantase la última estrofa. En 1900, Julio A. Roca ordenó que se canten las primeras cuatro y las últimas cuatro. Y por último, un decreto del presidente Marcelo T. de Alvear de 1928 estableció que se respetase la letra tal cual lo habían dispuesto en 1900 con los arreglos de Esnaola de 1860. Se determinó cantar la primera y la última cuarteta, además del coro. En cuanto a la tonalidad, se ejecutaría en si bemol y se debía dar forma rítmica a la palabra “vivamos”.

El Himno Nacional Argentino

Oíd mortales el grito sagrado Libertad, libertad, libertad; Oíd el ruido de rotas cadenas Ved el trono a la noble igualdad Se levanta en la faz de la tierra Una nueva, gloriosa nación Coronada su cien de laureles Y a sus plantas rendido un león.


Sean eternos los laureles Que supimos conseguir Coronados de gloria vivamos O juremos con gloria morir.

De los nuevos campeones los rostros Marte mismo parece animar La grandeza se anima en sus pechos; A su marcha todo hacen temblar. Se conmueven del Inca las tumbas Y en sus huecos revive el ardor Lo que va renovando a sus hijos De la Patria el antiguo esplendor.

Pero muros y sierras se sienten Retumbar con horrible fragor Todo el país se conturba por gritos De venganza, de guerra y furor. En los fieros tiranos la envidia Escupió su pestífera hiel Su estandarte sangriento levantan Provocando a la lid más cruel.

¿No los veis sobre México y Quito Arrojarse con saña tenaz? ¿Y cual lloran bañados en sangre Potosí, Cochabamba y La Paz? ¿No los veis sobre el triste Caracas Luto y llantos, y muerte esparcir? ¿No los veis devorando cual fieras Todo pueblo que logran rendir?

A vosotros se atreve argentinos El orgullo del vil invasor Vuestros campos ya pisa cantando Tantas glorias hollar vencedor Mas los bravos, que unidos juraron Su feliz libertad sostener A estos tigres sedientos de sangre Fuertes pechos sabrán oponer.

El valiente argentino a las armas Corre ardiendo con brío y valor El clarín de la guerra, cual trueno En los campos del sud resonó Buenos Aires se opone a la frente De los pueblos de la ínclita unión Y con brazos robustos desgarran Al ibérico altivo león.

San José, San Lorenzo, Suipacha, Ambas Piedras, Salta y Tucumán La colonia y las mismas murallas Del tirano en la banda oriental Son letreros eternos que dicen: Aquí el brazo argentino triunfó Aquí el fiero opresor de la Patria Su cerviz orgullosa dobló.

La victoria al guerrero argentino Con sus alas brillantes cubrió Y azorado a su vista el tirano Con infamia a la fuga se dio Sus banderas, sus armas se rinden Por trofeos a la libertad Y sobre alas de gloria alza el pueblo Trono digno a su gran majestad.

Desde un polo hasta el otro resuena De la fama el sonoro clarín Y de América el nombre enseñado Les repite, mortales oíd: Ya su trono dignísimo abrieron Las provincias unidas del Sud Y los libres del mundo responden: Al gran pueblo argentino salud.

Fuente: infobae.com

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