Quiero Decir

Mi diario digital…

Juntos en la cama, antes de la salida del sol

Me asomé  por la ventana, estaba presenciando su regreso, fue inevitable esbozar una sonrisa. Lo noté un poco más viejo, un alma antigua en su cuerpo de cuatro décadas. La chispa que había en sus ojos me lo mostraba, este encuentro no era fortuito, nos conocíamos de otras vidas. Habíamos sido amantes, y de alguna u otra manera siempre terminábamos juntos. Nuestras almas se conocían y reconocían.

Al abrir la puerta, sus manos como ráfagas de viento cubrieron mi rostro y su boca, con lengua como de fuego se hundió en la mía. Con ímpetu empujó mi cuerpo al interior de la casa, dejándome tendida sobre la cama. Conozco esos ojos, esa mirada de instinto primitivo, predador. Acarició mis piernas y se alejó para desvestirse.

Preparaba mi cuerpo mientras lo miraba. Estaba completamente entregada a la idea de disfrutarlo sabiendo que no lo volvería a ver, al menos, por un tiempo. Desnudo, iluminado por una vela, proyectaba una sombra sobre el piso frío. Sombra como de lobo al acecho de su presa. Podía pasar horas mirándolo. Su torso estaba perfectamente torneado y sus hombros, erguidos, listos para un duelo.

En la cama, mientras lo observaba detenidamente, acariciaba mis piernas abiertas desde las rodillas con movimiento ascendente hasta mis muslos. La invitación a probar nuevamente el elixir de la eterna pasión, mi corazón latía al ritmo de salvajes tambores.

Llevé la mano hacia el oasis que me habita y unté mis dedos para ser la primera en degustar. Se arrodilló ante mí, tomó mi mano y probó él. Con una mueca macabra selló un pacto: Silenciaríamos nuestras voluntades y, así mismo, nos entregaríamos al deleite. 

 Sus deseos se volvían desenfreno en mi cuerpo, rebosante de placeres. Su lengua y sus dedos danzaban en mis orillas y se sumergían. Hacía tiempo que no se me dibujaba una sonrisa de ésas.

Me tomó desde la cadera para cargar mis piernas sobre sus hombros y sucumbió en mi naturaleza con fuerza de tropel, se inclinó y rodó besos por mi cuello. Mis manos lo recorrían como si, a su paso, memorizaran cada centímetro empapado de sudor, y cada gota que llegaba a mi pecho desde su frente era para mí sagrada sal.

Se detuvo. Con una mano sostuvo mi rostro desde las mejillas y abrió mi boca. Recorrió el contorno de mis labios con sus dedos y desde la altura dejó caer el licor embriagante de sus besos. Dulce sabor de la lujuria. Ardía mi cuerpo con el suyo.

Me levantó con fuerza desde la cintura y nos puso de pie. Abiertos mis muslos sobre sus antebrazos, podía darse a gusto distancias y cercanías hacia mi centro haciendo uso infame de su lanza. Cuando me alejaba, mi espalda se arqueaba. El éxtasis llegaba. Mis uñas dibujaban sigilos en su cuerpo. Me entregué perdida al relajo del delirio. Los espasmos se hicieron de mí como la luna se hace del campo con su luz. Ni una parte de materia quedó sin temblar.

Acabé plena y suspendida en sus brazos. Al bajar, me arrodillé ante él y saboreé su virtud. Su mirada se tornó blanca. Era el trance final. Me ayudó a incorporarme, corrió mi pelo hacia atrás y me dio un beso en la frente.

Quedamos exhaustos, sin respuestas físicas. Intercambio mágico de energías poderosas perfectamente alineadas. Llevamos unas copas a la cama. Teníamos mucho que contarnos antes de la salida del sol.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Facebook
Instagram